El sol engaña


Hace frío. Viene a mi cabeza la imagen de aquellos días de invierno en los que parecía haber un sol radiante cuando miraba desde el calor de mi ventana. Enseguida pensaba en jugar con mi “madelman” de expedición polar, en las zonas umbrías, donde no desaparecía la escarcha acumulada durante los meses más gélidos. Luego salías y ese frío parecía cortarte las mejillas y te dabas cuenta de que el sol estaba muy bajo en el horizonte. Recuerdo que mis padres decían en estos días “el sol engaña…”.

Es uno de esos días, a finales de invierno del año del quinto centenario. Y allí estoy yo… Dando mis primeros pasos como psicólogo, con la “L” a la espalda, atendiendo a menores en lo que luego se llamaría “riesgo de exclusión social”. Más tarde aprendí que cuando a alguien le atribuimos este dudoso título, es que ya está excluido hace tiempo.


Es una zona deprimida, de un barrio cualquiera de las afueras de una ciudad cualquiera. Venga, como decía Sabina, pongamos que hablo de Madrid. Un grupo de personas hemos montado una asociación para dar apoyo a menores, en especial en el ámbito escolar. Pero nos hemos dado cuenta de que muchos de los padres de esos niños son drogadictos. El sol engaña…


Cerca del local hay una zona de chabolas. Muchas son simples cartones entrelazados. Todo está embarrado y lleno de basura. Un arroyuelo infecto recorre el centro del camino, haciendo las veces de cloaca. Y entonces me cruzo con su mirada. Un escalofrío recorre mi columna, de abajo hacia arriba. ¿Habéis mirado alguna vez a los ojos de la adicción? ¿Qué sienten? ¿Cómo te sientes? Aún no soy consciente, pero acabo de tomar la decisión de dedicarme a ayudar a las personas afectadas por las adicciones.


No sé ponerle una edad. Calculo que entre seis y nueve años. Tampoco sé su nombre. Su mirada me atraviesa, más allá, hacia un futuro que él no tiene. Por toda vestimenta lleva una camiseta rota y renegrida, que apenas cubre su minúsculo cuerpecillo. El sol engaña… Después, en el local, una compañera me cuenta que el padre de ese niño es un camello de la zona y que en algún momento tuvo la ocurrencia de darle a su hijo “papelinas” para “jugar”. Y esto fue lo que hizo él, lo que hacía yo con aquel “madelman”. Solo que este juego es más peligroso.


Quisimos ayudarle. Días después se lo llevan los servicios sociales a un piso de acogida de menores. ¿Le hemos ayudado realmente? Solo me queda esa mirada, que me acompaña para siempre. Una mirada que ya había visto en amigos de la adolescencia que se quedaron por el camino. Que alguna vez, sí, la había visto en el espejo, en mi padre cuando venía del bar, en los ojos de la fiesta… El sol engaña. La iba a ver muchas veces…

Han pasado quince años. Estoy en la terraza del piso de desintoxicación en una ciudad cercana a la anterior. Tengo que salir a recoger a los nuevos “usuarios” que van a entrar al piso. Llego al centro de tratamiento y nos reunimos en la sala para explicarles la normativa y lo que va a ser su vida en las dos semanas siguientes. Y de pronto veo aquella mirada y siento aquel escalofrío. Esta vez sí supe su edad, 23, y su nombre, Antonio. El sol engaña. No ha crecido mucho desde la última vez que nos vimos.

Es de noche, después de la cena. No para de hablar. Me cuenta se escapó del piso de menores con 14 años. Que ha estado viviendo en un pequeño descampado entre una estación de metro y un instituto. Me cuenta cómo se salvó por los pelos de morir aplastado por los restos de un helicóptero de militares que se estrelló en el patio del instituto de al lado. Lo cuenta con cierto orgullo porque sobre todo se siente querido en aquel barrio. La gente le conoce y le ayuda con comida y algún dinerillo, y muchos se interesaron por él cuando lo del helicóptero. Pero cada noche volvía a dormir en su pequeña chabola de cartón junto a las vías del metro. El sol engaña…
El metro se desliza vertiginoso por el túnel mientras mis pensamientos se pierden observando a la gente que llena el vagón. Alguien entra a pedir, con una historia quizá mil veces escuchada. “Es triste pedir. Tengo mujer y dos hijos y vivimos los cuatro en una habitación alquilada. Pido para pagarla y dar de comer a mis hijos…” La voz me resulta lejanamente familiar y se acerca poco a poco repitiendo la misma cantinela. Y vuelvo a ver esa mirada y a sentir un escalofrío… Esta vez se ha unido la mirada del temor a ser desenmascarado. Me ha reconocido, me mira un microsegundo y se da la vuelta sin mediar palabra. Va con un traje bastante arrugado y una corbata muy pasada de moda que no ocultan que sigue viviendo en la calle, quizá con el apoyo de algún centro de emergencia y alguna ducha en la casa de baños. No sé si el sol engaña. En el túnel ni siquiera hay sol. Si sé que nunca tuvo mujer, ni hijos.
Subo lentamente por las escaleras de la estación. Los pensamientos me invaden. Desde pequeño él no pudo elegir, ¿o sí?. Quizá ya estaba fuera del sistema antes de entrar en él. Sin los excluidos el sistema no puede alcanzar su equilibrio. Y tengo la sensación de que yo podría ser él, y me doy cuenta de que también la tuve aquel primer día en las chabolas. ¿Qué me diferencia de él? En esencia nada, lo que creemos. Al salir del metro suenan las campanas de una ermita cercana. Doblan por mí. El sol engaña…
Han pasado cuatro años desde que le vi en el metro. Hoy es un día alegre. Después de un año en el piso de reinserción ha encontrado trabajo de jardinero. Acaba de terminar el curso y le apasiona cuidar de las plantas y diseñar jardines. Ya no veo esa mirada, sus ojos tienen un brillo especial. Parece más alto. Cree en él. Gracias a tener trabajo le han concedido también una vivienda.
Nos damos un abrazo. Este escalofrío es por otros motivos. Parece que este invierno el sol ya no engaña. Por el cambio climático, dicen. Pero, ¿quién lo dice?

1 comentario:

rt6zc9u357 dijo...

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